jueves, 3 de marzo de 2011

La dieta del Chilango


Sales de tu casa cuando el reloj ya marca más de medio día. Eso de pararse temprano no es lo tuyo y lo compruebas una vez más. ¿Para qué sales?, ¿quién te espera? Hace meses que terminaste con tu última novia y no tienes familiares o amigos que esperen una visita de tu parte. Aún así el maldito despertador ha insistido y no te queda de otra más que ceder. Te vistes de forma descuidada: si mí mano se estira y lo alcanza, entonces me lo pongo, ese es tu lema desde que llegaste a la capital. Nada como un pantalón de vestir negro con una playera del Che color verde y tus (en algún tiempo) blancos y envejecidos  chonvers.  
Tomás el primer colectivo que pasa frente a tu casa y le pagas al chofer al tiempo que le pides que te despierte una vez que lleguen a la base. Esa es otra de tus costumbres, cuando la hueva existencial te ataca, sales corriendo a donde apunte el huarache. Llegas a la estación del metro toreo y no ves nada nuevo, tampoco es que esperes modificaciones sustanciales en el paisaje; hasta parece que los usuarios son los mismos de hace tres semanas.
Finalmente el día comienza a mejorar. Tras dos horas recargado en los torniquetes y media más contemplando un espectacular que anuncia lencería con una modelo anoréxica por protagonista, piensas en Cexar. ¡Claro! vas a su casa, le caes por sorpresa y con suerte decida acompañarte a dar un roll  por el Centro Histórico, Tláhuac o ya de perdis a alguna plaza comercial donde pululen cualquier cantidad de especímenes suburbanos.  La casa de Cexar está a pocos minutos de donde te encuentras, más te tardaste en decidirte que en llegar. Tocas tres veces la puerta y nadie contesta, inmediatamente después te das de topes en la tatema por no percatarte que existe un timbre. Llamas dos veces cuando al fin abren casi te provocan un infarto, la imagen es grotesca pero logras reponerte. Cexar es quien te ha abierto, viste como de forma normal pero anexó a su indumentaria un mandil con todo y los patitos estampados, en la mano sostiene lo que parece un refractario y un batidor. ¿Está cocinando?
  -No puedo cabrón, tengo que verme con la pato a las tres y media. Además tengo que terminar este flan- Así responde a tu oferta de ir al rolar. Sí, Cexar es zoofílico, pero con la pato” se refiere a su novia, Patricia.
No logras entenderlo, ¿Cexar, el amo y señor del hacking?, ¿Flanes, repostería? Sales corriendo de ahí, el día ya era lo suficientemente extraño para ser verdad. Piensas en regresar a toreo, desistes, ya estuviste ahí y no tuvo nada que ofrecerte. Te diriges a Ciudad Satélite (hablando de especímenes suburbanos) como un último esfuerzo por matar el tedio que adorna este día.
La decepción parece seguirte. Las plazas están desérticas, nadie a  quien molestar, criticar o cortejar. Te desparramas en una banca del centro comercial dispuesto a morir de ostracismo. De pronto un ruido llama tu atención, es extraño, como si algo estuviera rechinando. Rápidamente te vuelves a ver el elevador, con suerte te toca presenciar un buen macanazo. Pero nada, nuevamente se escucha, es un ruido apagado, gutural, acompañado de un dolor… ¿un dolor? Son tus intestinos los que suenan; pasan de las cuatro de la tarde y a ti no se te ha ocurrido comer. Te levantas y sales del lugar. Para que te engañas, sabes que no te alcanza para pagar ni un café sin dona en aquel sitio.
Caminas tres calles sin encontrar nada decente y barato que llevarte a la boca. Comienzas a disfrutar esa sensación de hambre. Piensas que es una buena oportunidad para filosofar acerca de la condición humana, discernir sobre aquellos que se dan tremendos banquetes frente a niños que mueren de hambre. Tratas de calcular cuántos pollos rostizados se podrían comprar con lo que cuesta una onza de caviar. Los números no surgen, tampoco las conclusiones, el hambre es pendeja, pero más pendejo el que se la aguanta… aunque persiga fines filosóficos.
Por fin te detienes en la tercer esquina que recorres, has llegado al paraíso de los jodidos y hambrientos, al nirvana de los obreros a la hora de la comida, la tierra prometida por los nutriólogos tercermundistas… has llegado a la torteria. Te sientas plácidamente en uno de eso banquitos de plástico que tienen destinado a las posaderas del comensal y dejas que la apetencia se vea incentivada por esa gama de olores, desde los exóticos hasta los escatológicos, al tiempo que el acomedido tortero se ofrece a tomar tu orden.
- Échame una tortuga de milanesa, pierna, quesillo, salchicha y jamón. Con aguacate, sin jitomate y con mucho picante, por favor. – La orden es clara y concisa. Quieres darte un atracón.
El hombre tarda más en tomar el pedido que en entregarlo, incluso sospechas que ya la tuviera lista. No importa, es comestible (aja) y eso es lo que necesitas. La miras a la distancia, es perfecta, casi un kilogramo de equilibrada nutrición. A tu parecer este tipo de alimentos están injustamente satanizados por la sociedad. En definitiva la torta suprema ha sido calumniada por algún estereotipo hollywoodense (sic) con el fin de mantener al pueblo mexicano y chilango en los huesos. Contiene todo lo que la pirámide alimenticia indica, y sin exceder los treinta centímetros de largo. Cereales en forma de ese exquisito y bien proporcionado pan;  verduras como el jitomate y la cebolla; frutas como el aguacate, porque es una fruta; proteínas contenidas en la milanesa, la salchicha… etc. Lácteos o sus derivados que vienen siendo los quesos que la aderezan y por supuesto lípidos, esas pobres biomoléculas que tan mal vistas son por la sociedad.
Dejas atrás tus elucubraciones y te dedicas a masticar. Pese a las apantallantes dimensiones del manjar logras deglutirlo más rápido de lo que lo prepararon, con todo y el chesco. Revisas tu reloj, es tarde, ya más de las seis, tienes que regresar a casa. Apenas entras te diriges al baño. ¡Bendito sea dios, el de la combi también traía prisa!
Entras de nuevo a tu cuarto, definitivamente fue un día perdido. Lo único rescatable fue la torta. Tratas de remediarlo, te sientas a escribir en el blog que tan olvidado tienes. Escribes las tres cuartillas de un tirón. Como siempre haces una releída por si acaso. ¿ chonvers, donde apunte el huarache, roll, perdis, tatema, patitos, rolar, macanazo, banquitos, tortuga, chesco? Demasiados modismos y diminutivos. Corres al diccionario a tratar de corregir el lenguaje, aún cuando sabes que no cambiarás nada.

2 comentarios:

  1. De 10!, no escribo más por que no se escribir, por eso no te dejo comentarios....
    jaja (Y)

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  2. Esa descripción de la torta me recordo una tarde en la que salí con un hombre genial que me obligo a comer una de esas tortas que nisiquiera cabía en mi boca, bueno están ricas.
    jijii...
    (cesar haciendo gelatinas). woooow jajaja

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