domingo, 23 de enero de 2011

Mis quince años.


Entre el vasto universo de pretextos con los que cuenta el mexicano (y por default, los habitantes del DF) para llevar a cabo una celebración, guateque, parranda, farra o reunión social, no existe uno más incongruente, ni más popular,  que las ominosas “fiesta de XV años”. Digo incongruente toda vez que ya nadie recuerda el origen de ésta tradición, pues de recordarlo no la mantendrían viva. A modo de breviario cultural compartiré con ustedes los datos que tengo al respecto.
Pese a que algunos eruditos (la mayoría de ellos editores de Wikipedia) difieren en cuanto al país de origen de dicha celebración, todos coinciden en su ascendencia europea. Ya sea en Inglaterra o en Francia, la “fiesta de presentación en sociedad” de las señoritas de apellidos con abolengo, tenía una única intención. Presentarla a los caballeros de la alta sociedad para casarlas, con “s” claro, aunque bien podríamos escribirlo con “z”. Es por eso que resulta irracional que los padres de las actuales damiselas, se esfuercen tanto en colectar el dinero necesario para la fiesta de “las niñitas”. Paradójicamente,  no son pocos los casos conocidos en que la quinceañera únicamente espera la realización de su fiesta y a los pocos días se va de su casa a vivir con el novio (que frecuentemente resulta ser uno de sus chambelanes); o aquellos donde la festejada baila el conocidísimo vals con un chambelán y un bebé… sólo que nadie ve al pequeñín. Pero lo más irónico es la reacción del agraviado padre, ¿para qué se enoja?, ¿qué no era para eso la fiesta?
La historia que a continuación compartiré con ustedes trata justamente de eso, de una fiesta de XV años a la que asistí aquí, en chilangolandia. El hecho de no estar de acuerdo con ese tipo de fiestas no me imposibilita para disfrutarlas, estar a dieta no impide ver el menú. Además esa fue una ocasión especial pues quien me invitó fue Cexar. ¿Qué quién carajos es ese güey? No importa, un pingüino fuera de su habitad. Además no fui el único al que invitó. Resulta que Cexar tuvo la brillante idea de invitar a toda la SZC (Sociedad Zoofílica Capitalina). No habíase visto grupo más ecléctico. Imaginen la escena: Cexar vestido al más puro estilo de los gánster de los 20´s, su novia más bien como hermana de la quinceañera; Ceci y su novio, un uruguayo indocumentado, parecían la madrina de la fiesta y un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM respectivamente, mientras que Bety decidió acentuar aun más sus, ya muy marcados, rasgos orientales al vestirse con una especie de quimono; Danny (ese sí se manchó), en su esfuerzo por pasar desapercibido, optó por mimetizarse de mesero, con moñito y toda la cosa. Además de ellos podía verse a un sujeto de cejas extremadamente pobladas de quien nadie recuerda el nombre, sólo que vestía cual hooligan ingles. Fuera de esto todo parecía normal, bueno, en realidad el único normal era un joven y apuesto escritor que se presentó como Mr. X. Ósea yo.
En cuanto la SZC llegó al lugar donde la celebración se llevaba a cabo acaparó todas las miradas. Claro, no por conocidos, sino porque Danny, pese a su deseo de no llamar la atención, entró gritando: “¡Ya llegamos!” Otra posible razón del obsesivo escrutinio por parte de los asistentes eran las dos botellas que agitábamos a modo de banderas. Nada como Don vodka y Don Whisky para amenizar una fiesta. Generalmente no me amedrento con miradas agresivas, sin embargo la naturaleza de la etnia que predominaba en el recinto me hizo levantar la guardia. El salón se encontraba infestado de Reggaetoneros y otros especímenes parecidos.
Pese a todo, la fiesta transcurrió con normalidad. Pinche manía la mía de mentir. ¡Claro que nada fue normal!  Antes de dos horas, la fiesta que hasta ese momento no había pasado de ser una simple comida, se convirtió en una muestra de lo que los más bajos instintos del ser humano puede lograr. Cexar luchaba por controlar al tipo de la prominente ceja, que para ese momento se encontraba al borde de la congestión alcohólica. La novia de Cexar, por su parte, lidiaba con los funestos meseros, mientras el antes mencionado ilegal sudamericano usurpaba el lugar de éstos corriendo de su mesa a la cocina con su plato en la mano. A la par de todo esto a la miembro oriental del grupo se puso a jugar con un grupo de niños, lo que llevo a sus padres a pensar que los padres de la quinceañera habían contratado servicio de niñera.
Por si eso no fuera poco Danny (¡Sí, otra vez ese cabrón!) renunció definitivamente a llevar un bajo perfil. Se dedicó a bailar con cuanta señorita se le ponía enfrente. Bailó cumbia, se convulsionó con reggaetón, zapateó música norteña, incluso danzó “perrito”. Pese a que su alegría es contagiosa –Pues hasta yo me paré a bailar- y habitualmente inofensiva, no faltó quien lo tomara a mal. Un sujeto con finta de delincuente juvenil observaba, y no muy feliz, el contoneo de mi amigo desde una esquina del lugar. La razón: una Helena de Troya disfrazada de adolecente que se vio tentada por el candente contoneo de mi compadre y resultó ser la novia del aludido.
-No hay problema cabrón- le dije a mi camarada- si se pone al brinco yo me hago cargo. Desde cuando quiero romper una mesa con el cuerpo de alguien, como los luchadores de la tele.
Por fortuna nada pasó. Una vez que Danny despachó a la mitad de las asistentes se dedicó a organizar un striptease para la homenajeada a quien había sentado en el centro de la pista de baile. Hizo que le bailaran de forma provocativa desde sus amigos, pasando por los meseros, los padrinos, el sujeto que antes lo veía con odio, incluso trato de hacer que el mismo padre de la chica le cabrioleara.
Todo este espectáculo tuve oportunidad de apreciar desde la mesa que nos fue asignada. Como eso del chachareo no es lo mío, esa acostumbra ser mi  trinchera en casi toda fiesta a la que asisto. Y no, para los que se lo pregunten no soy un aguado. Al lado mío estaba sentado el uruguayo, quien ya con unas copas de más comenzaba a hablar con un acento más parecido al de los mexicanos.
-¿Por qué tan callado?, ¿en qué pensás? – me inquirió al tiempo que daba un largo trago a su vaso con whisky.
- Nada hermano, sólo que pienso que es un tanto injusto todo esto de los géneros.
-¡A caray!, ¿qué no eso debieran decirlo las minas?
-Pues sí, ellas son las que más se quejan, pero mira bien, no saben la suerte que tienen, para hacer esta fiesta, la niña contó no sólo con el apoyo de sus papás, también tuvo padrinos. Y te apuesto que no fue poco lo que se gastaron.
-¿y eso qué?, ¿adonde querés llegar?
-No sé, pienso que también los hombres debiéramos tener un evento parecido.
-Sho no te imagino bailando un vals con todo y Shámbelanas.
-No pues ni yo, a nosotros se nos tendría que recaudar dinero y buscar padrinos para regalarnos nuestro primer carro. Imagínate. Padrino de volante, de llantas, de parabrisas… no sé, algo así.
El indocumentado permaneció callado un buen rato, eso sí, sin ocultar su socarrona sonrisa. Tras culminar el escatológico espectáculo de Danny, todos los concurrentes comenzaron a abandonar el sitio, mientras los miembros de la SZC fueron acercándose uno a uno a la mesa. La Uniceja (como fue bautizado el etílico compañero) se encontraba ya un poco mejor, Danny lucía una amplia sonrisa, Bety ostentaba cual trofeo un peluche que sabrá Dios a que niño le robó, y yo como si nada. Finalmente tomamos nuestras pertenencias y después de los agradecimientos correspondientes a los organizadores salimos de la fiesta.
                -El problema con tu idea de los quince años para varones, es que tú no estás dispuesto a dar lo mismo que dan ellas, ¡boludo!- Dijo a modo de colofón el forastero, al tiempo que con un movimiento de cabeza  me señalaba a la quinceañera, quien se agasajaba a un chambelán bajo las escaleras del recinto.