¿Apoco nunca lo has sentido?, ¿seguro que no? ¡Claro que sí!, sientes que los cojones se te suben a la garganta y que el alma te abandona, la respiración se dificulta y unas irreprimibles ganas de orinar te encogen de dolor. Quizá fuera más fácil dejar que la vejiga haga su trabajo, pero para tu mala suerte el carro es el de tu jefe y las vestiduras son de piel. Así que te chingas, el cabrón que te paga tiene prisa y no es alguien con quien se pueda negociar. Ni siquiera emites una queja, ¿qué caso tendría? Estás ahí para obedecer y ser eficaz, no para que “El Lic.” escuche tus pinches traumas, menos aún para que la haga de psicólogo y te ayude a superarlos.
La cita es a las nueve de la mañana en el sur de la ciudad. Ustedes vienen del norte y ya sólo quedan diez minutos antes de que lleguen tarde y pierdan una inmejorable oportunidad de negocios. Recuerdas el trabajo que te representó concretar una entrevista con uno de los políticos más solicitados en la actualidad, más de quince correos, una treintena de llamadas, una cena con el esperpento que tiene por secretaria y un ramo de rosas más caro que la dichosa cena. Repites las cifras una y otra vez con ánimo de darte valor, pero es en vano. De forma que no hay lugar a objeciones. Tendrán que tomar el famosísimo segundo piso del periférico y rogar a la providencia para que no haya más pendejos con prisa en las alturas. Nada más eso falta, que haya tráfico en el segundo piso.
Pinche boca de profeta, apenas han dejado atrás San Antonio cuando alcanzas a ver una interminable fila de vehículos, cuyos conductores, seguramente, también se quedaron dormidos. El problema de que un empleado se quede dormido es, en realidad, muy fácil de resolver. Lo corres y listo. El problema de que tu jefe se quedo dormido no tiene solución. En esos casos sólo queda la Ley de Herodes, por lo cual te chingas y te jodes. Para colmo “El Lic.”, En lugar de tratar de buscar una solución, se dedica a castigar inmisericordemente el puto claxon. Mig-mig aquí, mig-mig allá. Como si con eso el endemoniado carro fuera a emprender el vuelo (Dios nos libre) para librar todo el trayecto que les resta hasta el Ajusco.
Naturalmente a ti ya no te importa si pierden la cita. Tampoco llegarían si algo les llega a pasar. ¿Cómo qué?, bueno, eso es fácil. Podría llegar un conductor ebrio y darles un golpe que los saque del carril, arrojándolos directito al primer piso, del cual nunca debieron salir. También pudiera darse el caso que la estructura de ese endeble puentecillo no estuviese hecha para soportar a tanto automovilista con trastornos del sueño y se colapsara mandándote a tu jefe y a ti, pero principalmente a ti, al otro mundo. Esas cosas pasan todos los días, en todas partes, a cualquier cantidad de asistentes con miedo a las alturas.
Y es que en esta ciudad poco importa si eres acrofóbico. Ningún político ha tenido a bien preguntarle a la ciudadanía sobre sus fobias; o cuando menos su opinión acerca de lo que necesita la ciudad para ser un lugar más habitable. Claro está que últimamente a los “servidores públicos” (nótese que las “” son con la intención de imprimir aún más ironía y sarcasmo a la frase) les llama en demasía la atención eso de las Super-vias o Mega-obras, y no por un sentido del patriotismo mal entendido, ni por el deseo de ayudar a los habitantes de la Capital; ¡qué va! Lo que pasa es que se han percatado que sólo construyendo las autopistas más altas pueden atenuar, en alguna medida, su evidente chaparres intelectual. Sin dejar de lado, claro, que son una excelente forma de justificar gastos.
Piensas en todo esto mientras avanzas unos cuantos metros. Tu jefe parece haber olvidado el claxon hasta que un taxista los rebasa a toda velocidad por la derecha; entonces “El Lic.” recuerda la existencia de la molesta bocina y comienza a tocarla rítmicamente. Por lo general eres un tipo ecuánime que rara vez se sale de sus casillas, sin embargo el ruletero te puso el susto de tu vida con tan impertinente maniobra, por lo que, a las sonoras mentadas de madre que emite el carro de tu superior, les agregas la frase más utilizada por el pueblo tenocha y que fuera motivo de estudio por parte de Octavio Paz.
¿Porqué siempre para arriba?, ¿qué tienen contra la estabilidad que ofrece el suelo firme?, ¿qué no aprendieron con la torre de Babel?, Es increíble que el hombre haya llegado al espacio sin conocer primero el fondo del mar o, mejor aún, el centro de la tierra. No, siempre hacia arriba, todo el tiempo queriendo romper alguna ley, aunque sea la de la gravedad.
Ya pasan cinco minutos después de las nueve. Tu jefe parece haber perdido la prisa y en su lugar la resignación hace acto de presencia. Aún así deben llegar, que se diga que son impuntuales pero jamás incumplidos. Además ya sólo les quedan unos cuantos minutos de camino, por lo que no tiene caso ahogarse en la orilla después de nadar tanto. Antes de bajar de aquella endemoniada estructura de concreto, varillas e impuestos, echas un vistazo al horizonte y logras distinguir un reconocido parque de diversiones, miras la montaña rusa que sobresale de entre las demás atracciones y arrojas un suspiro cargado de envidia a los que en ella se encuentran. Seguro que esa montaña es menos peligrosa que el jodido segundo piso.
Al fin llegan a su destino. Como puede “El Lic." estaciona el auto en donde la virgen le da a entender y salen corriendo a la oficina del gran personaje. Al verte entrar la horrenda secretaria esboza algo que, quieres pensar, es una sonrisa. Por si fuera poco, sobre su escritorio aún están con agua las rosas que le mandaste. Obligado por tu jefe te acercas para ver si logras rescatar la entrevista, no importa si la tienes que besar. Lentamente, como lo hacen los soldados de las películas, te acercas al territorio de la prima del monstruo come galletas y preparas algún piropo; sin embargo ella no te deja ni decir los buenos días.
-¡hijoles mi vida! Cuánto lo siento, pero el Doctor me acaba de avisar en la mañana que hoy no vendrá, de cualquier forma yo te agendo una reunión lo más pronto posible, yo te confirmo día y hora la próxima vez que cenemos, ¿te parece?- Grandísima hija de la chingada, obviamente no lo dices pero lo piensas. La muy maldita te lo dice todo con un extraño rubor en las mejillas.
-¡Claro que sí! No te preocupes, entiendo que es una persona muy ocupada. Como sea espero tu llamada, eh.- Dices a modo de despedida adornada con la sonrisa más hipócrita de la que eres y serás capaz en toda tu vida.
Una vez que salen del inmueble tu jefe se dirige al auto sin decir una palabra. Tú puedes sentir la sangre hirviendo, apuestas a que los ojos los tienes de un carmín diablo. Tanta pendejada para nada, vamos, que ni al baño te han dejado pasar. Escuchas a tu jefe gritarte.
-¿cómo que a dónde chingados voy?, a mi casa, cabrón.
Sabes que quizá ya no tengas trabajo, pero tampoco la necesidad de besar a esa secretaria, ni de aguantarte las ganas de orinar, ni de subirte a ese carro, ni de sufrir en las alturas, finalmente siempre existe la posibilidad de tomar el metro.
