lunes, 27 de diciembre de 2010

Primero lo primero.

¿Porqué llamarme Dante sin Virgilio? 
Cuando Dante Alighieri se vio emboscado por la pantera, el león y la loba, al comienzo de La Divina Comedia, contó con la fortuna de que el buen Virgilio saliera en su auxilio. Cuando yo llegué a residir en la ciudad de México y me vi rodeado por ladrones, microbuseros y burócratas me tuve que rifar solo. De ahí el nombre.
Y no es que quiera hacer una analogía de la Ciudad de México y el Infierno dantesco, ¡qué va!, para nada, la similitud hace innecesaria la comparación.
Sí, sé lo que estarán pensando, lo sé: "¿cómo es que este güey se hace llamar chilango cuando ni siquiera es oriundo de la capital?" Bueno, también para eso tengo una respuesta y ya que, de cualquier forma tendría que escribirla tarde o temprano, pues que valga ésta como la primer crónica chilanga (sin relación alguna con la obra del querido Carlos Enderle) y como el banderazo de partida a mi primer aventura literaria.

Arribé hace ya algunos inviernos a la Capital por la puerta del oriente, la misma por donde se asoma el sol y aquel día, por primera vez, me asomé con él. Aun estaba obscuro, y la capital a lo lejos brillaba con luz propia, cortesía de la hoy extinta, Luz y Fuerza del Centro. Quien no ha visto la Capital desde el oriente a eso de las cinco de la madrugada en verano, quizá no la conozca bien. Parece el reflejo de un cielo estrellado. Si nuestros prehispánicos antepasados tuvieran esa Visión del Anáhuac [sic] postmoderno, jurarían que el primigenio lago ha resurgido a través de los siglos, sólo para reflejar las estrellas de un cielo cada vez menos visible (¿Cómo describiría Alfonso Reyes en la actualidad a esta región del aire?).
Llegué, no por necesidad como la mayoría de las personas de provincia que ven en la ciudad una esperanza para mejorar su calidad de vida, cambié mi residencia a la Capital para mejorar mi calidad intelectual. Vine a estudiar. O eso decía. Por un golpe de suerte había logrado matricularme en una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin embargo el golpe de suerte sólo duró unos meses. La verdad es que mi estancia en dicha universidad la aproveche para descubrir lo que en provincia no se me permitió. Mi sexualidad.
No profundizaré mucho en lo que aconteció antes de la salida de mi primer alma mater. Ahora sólo me enfocaré en el breve acontecimiento que me descubrió a mí mismo como chilango.
De las pocas veces que dejé descansar a mi joven pareja para ir a clases, recuerdo con particular viveza la de una tarde de noviembre. Después de comer pensaba dedicarme a leer un libro que jamás devolvería al amigo que me lo prestó, cuando de pronto sucedió. Comenzó como una voz casi imperceptible, pero bien pronto se convirtió en un grito. "Ve a clase", gritaba la vocecilla esa. Era mi agonizante Pepe grillo y fue una de las últimas veces que lo escuché. Más a fuerza que de ganas me dirigí a las aulas y de no ser por un compañero de grupo no habría logrado encontrar el salón en el que se desarrollaría la clase de Lengua y Literatura I. Al menos la clase podría interesarme.
La maestra era (y con suerte, aun lo es) uno de esos especímenes no tan raros a los que los alumnos engalanan con el adjetivo de "barco". Aunque también se le podría denominar trasatlántico. Una de esas funestas personas que sufren de un problema existencial llamado vida y que sin duda serían más felices (y harían más felices a otros) si lograrán solucionarlo. 
La clase estaba dedicada a los gentilicios. La maestra se esforzaba en despojar a los alumnos de su interés en la clase mediante un largo dictado. Obviamente yo no apunté nada, pero alcance a comprender que no se dice "veracrucence" como tampoco se pronuncia "hidalgano". Tras cansarse de tanto leer la profesora comenzó a preguntar a mis compañeros sobre su procedencia, esto como una forma de matar el tiempo y no por verdadero interés. Había una sobrepoblación de sureños en el salón, sólo tres norteños se agazapaban intimidados en las esquinas del aula. Uno de esos norteños debió sentirse acorralado y en un esfuerzo desesperado por cambiar de tema preguntó a la catedrática:
- y usted ¿de dónde es ticher?
- Yo soy del Distrito, soy defeña [sic].- dijo y de inmediato trató de continuar con su clase, sin embargo mi risa se lo impidió.
-¿Sería tan amable de compartirnos el chiste señor X?, digo, ya que nos honra con su presencia.
-No maestra, disculpe, lo que pasa es que tengo entendido que el gentilicio para una persona del Distrito Federal es chilango, no defeño.
Los ojos de la institutriz se tornaron de un color parecido al carmín mientras yo me preguntaba: ¿porqué nunca puedo quedarme callado?
            -para su información, los que nacimos en la Capital no somos chilangos, así se les dice a las personas que, como usted, llegaron de provincia para vivir en la ciudad. Además debiera tener más  cuidado con lo que dice, tome en cuenta que esa palabra quiere decir “come mierda”.
Permanecí callado. La explicación no era nada favorable a mi persona ni a la de mis compañeros, sobre todo por la última parte. Si no le conteste ni me presté para debatir con la educadora no fue por respeto (¡ya parece!), sino porque mi mente se encontraba ocupada en otra cosa.
¡Carajo! y yo que ya me había defendido ante mis amistades en provincia al decirles que no era chilango, que sólo estaba achilangado.  
Desde ese entonces me hago llamar a mi mismo chilango y no porque crea fielmente en las palabras de esa inolvidable instructora, antes  bien porque ,para mí, es el mejor adjetivo (mismo que llevo con orgullo) que merece quien, con incalculable suerte y valor, ha logrado sobrevivir en esta odiada y al mismo tiempo bien amada Capital mexicana.