En los primeros días de vida de Por mi chilanga gana puse a consideración de los lectores una encuesta. Para mi desgracia únicamente nueve personas respondieron. Naturalmente, ningún especialista en censos consideraría los resultados de dicho conteo como una muestra representativa. Por fortuna yo no soy especialista en nada (bueno, eso de dormir, comer y fumar se me da bastante bien). Por eso me permito informar a los nueve ociosos que se tomaron la molestia de donar un click a mi insana curiosidad que su voto será de utilidad, porque, aún cuando Marcelo no los tome en cuenta para rediseñar el logotipo del Gobierno del Distrito Federal, bien se puede hacer un mejor uso de los números arrojados por dicho sondeo. Se pueden aprovechar para escribir una entrada y permitir así, nuestra interacción.
Como se puede ver en la barra lateral derecha, el ganador por cinco votos (tres de diferencia con su más cercano competidor) fue El Templo Mayor. Quizá algunos sociólogos considerarían el resultado como un indicador más de la (ya decreciente) nostalgia por el pasado prehispánico que durante los pocos años de historia nacional acompañó a la sociedad mexicana. Yo también lo creo así. Pero como diría mi abuela: “No chingues mijo, ¿eso a ti qué te importa? Eso es harina de otro costal”.
Lo que sí me incumbe es la anécdota que dará cuerpo a la presente entrada (¿Quién chingados dice que no aprendo la lección?). Ya que no podría autodenominarme chilango si no tuviese una historia vinculada al Templo Mayor y sus alrededores. Específicamente la que voy a narrar tiene a lugar a principios del siglo XXI, es decir, hace poco.
Paseaba yo tranquilamente frente a Palacio Nacional, con el goce que proporciona la inclinada panorámica, mientras me debatía entre pagar la módica cantidad de cincuenta un pesos por una entrada al Templo Mayor o un pasaje aún más módico a la ciudadela y bailar un delicioso danzón con alguna damisela de la tercera edad, que de ningún modo es despectivo, son quienes mejor bailan. Finalmente me decidí por el Templo Mayo. Gran error. Quizá debí esperar a visitarlo otro día, aquella no fue una buena decisión.
Mis pasos apuntaban ya a la entrada del recinto cuando a mi hermano menor (¿olvidé mencionar que me acompañaba?) me detuvo para que le comprara un “recuerdito”. La verdad no termino de comprender eso de los souvenirs, digo, está bien para los turistas que han viajado desde el interior de la república o del extranjero, pero no para un cabrón que lo único que hizo fue transbordar en Balderas. Como sea me tuve que detener pues el niño ya se había plantado a escoger chácharas que ofrecía un vendedor ambulante con copiosa cabellera y cara de huelguista del SME (para el que no vea noticias me refiero al Sindicato Mexicano de Electricistas y está integrado por trabajadores de Luz y Fuerza del Centro. Agradézcanmelo en los comentarios, de nada). Finalmente mi hermanito logró su cometido, en un único puesto termino con la cuarta parte del capital destinado al paseo. Tres llaveros a pesar de que él no usaba llaves, una pluma con forma de hacha prehispánica (temí por la vida de su maestra) y una representación en yeso del calendario azteca. Ni modo, tenía que pagar, no sería yo quien le rompiera el corazón, eso equivaldría a romperme los tímpanos con el berreo que seguro me haría.
-¿Cuánto va a ser jefe?- Pregunté al greñudo sujeto mientras preveía el siniestro adelgazamiento de mí cartera.
-Ciento cincuenta baros compita.- Soltó la puñalada sin decir “agua va”.
-¿Por estas baratijas?, no me chingues.
-Pues cómo veas, aquí no es el tianguis de tu chante para que te pongas a regatear- Contestó poniendo cara de indignación al tiempo que se volteaba para atender a sus demás victimas, mostrándome así, todo su desprecio.
Como ya mencioné, no me quedó de otra más que pagar. Si bien es cierto que la cantidad me parecía injusta, la pagué con relativa tranquilidad. Mis tímpanos valen oro, pensé. Tras hurgar en mis agujerados bolsillos y no encontrar nada, saqué de mi cartera el único billete que me acompañaba, uno de quinientos. Se lo extendí al tipo con la esperanza de que mi pariente reaccionara y le arrojara a la cara sus chucherías al mercader. Obviamente eso no sucedió.
-¿Esto qué?, te di uno de quinientos- Pregunté furibundo con un miserable billete de cincuenta que el infeliz me daba por cambio.
-Nada, era de doscientos, no me quieras hacer pendejo.
Lo voy a resumir. La discusión versó sin alteraciones considerables por más o menos media hora. Ya podrán imaginar mi estado de ánimo. Estaba que me llevaba la chingada. Como el tipo no cedía pensé en liarme a golpes y tomar lo que era mío. La presencia y mirada hostil de algunos secuaces instalados en los alrededores me hizo desistir. Así que decidí acudir a tipos de su misma calaña, sí, fui por la policía. Tristemente para cuando regresé con la fuerza pública de mi lado la plazuela estaba desierta. Entonces mi hermano dijo lo único sensato en todo el viaje.
-¿Apoco crees que iba a ser tan pendejo como para esperarte?
Cabizbajo y con sólo cincuenta pesos me resigne a no entrar, ese día, al Templo Mayor. Aún así quise estar cerca de mi pasado mexica y como además la catedral metropolitana (que todavía es gratuita) está construida con las piedras que los españoles arrancaron al centro ceremonial tenocha, pues me fui a sentar en el enrejado que la rodea. Fue ahí, al lado de los desempleados que ofrecen sus servicios por medio de cartulinas, como se me ocurrió la brillante idea que me permitiría acceder al museo.
“Escribidor, ofrece sus servisios,
Se redactan cartas de amor,
comersiales, contratos, cuentos,
anecdotarios y ovituarios
Eccelente redaxion.”
De ese modo versaba el anuncio con el que pedía trabajo frente a catedral por primera vez. Uno de mis compañeros de plaza, un fontanero que estaba dispuesto a instalar un baño completo por sólo doscientos pesos se acercó a leer mi letrero. Tras una breve ojeada se sonrió y me dijo.
-No mano, así no te va a contratar nadie… se te olvidó poner “servicio barato”.
